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"La importancia de los corrales está en su valor cultural"

03/12/2018Zaragoza Heraldo
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En la imagen, los profesores Juan Jose Ramos y Luis Miguel Ferrer, autores del libro.Guillermo Mestre

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Durante más de 20 años, Luis Miguel Ferrer trabajó como veterinario en ganaderías de ovino y allí conoció de cerca el día a día de los pastores y sus rebaños y se dio cuenta de que «dentro de nuestra basta cultura de ciudad se estaban perdiendo muchas cosas, entre otras los viejos corrales de ovejas y cabras». Años después, él y su compañero en la facultad de Veterinaria, Juan José Ramos, decidieron poner solución a este desconocimiento editando el libro ‘Viejos corrales de ovejas y cabras de la provincia de Zaragoza’, mucho más que un recopilatorio de estos singulares edificios, muchos ya en estado de ruina. Un volumen que ha sido patrocinado por la Diputación Provincial de Zaragoza y que se ha hecho con motivo del 800 aniversario de la Casa de Ganaderos de Zaragoza.


«Estas edificaciones son elementos de la arquitectura tradicional y recogen el saber hacer de los pueblos. Su importancia no procede de su relevancia artística o de su valor material sino de su valor cultural, pues son edificaciones que cuentan con una estrecha vinculación con el territorio, en el que se integran perfectamente como elementos del paisaje, hecho que obliga a valorarlas, en mayor medida de lo que se ha hecho hasta la actualidad» matiza Juan José Ramos.


Y eso es lo que han hecho ellos durante 30 largos años, buscar y fotografiar estos rincones, unas veces por su cuenta y otras guiados por pastores, ganaderos o veterinarios, buenos conocedores de las parideras de la zona que, en general, entendían su objetivo desde el primer momento, aunque en algún caso, sobre todo al principio, también tuvieron que escuchar expresiones de cierto escepticismo, como «eso vais a sacar», «pero si eso no vale nada».


«Pero, a medida que comentábamos ciertos aspectos o detalles de la construcción aumentaba su interés e incluso empezaban a apuntar datos o comentarios muy interesantes al respecto o de sus vivencias en aquel lugar. En otros casos, especialmente con veterinarios, a veces nos decían que habían estado ahí vacunando pero no se habían fijado en ciertos detalles», indica Ramos.


Treinta años que han dado mucho de sí y que se han convertido en una fuente inagotable de anécdotas, que ellos narran divertidos. «En este recorrido hemos tenido un poco de todo. En alguna ocasión por mirar a través de la cámara nos hemos olvidado del suelo y hemos aterrizado sobre un montón de piedras. También nos hemos llevado algún susto al entrar al cubierto, pues en ese momento ha salido bruscamente, también asustada, alguna paloma, chova, grajo, grajilla o lechuza, habitantes frecuentes de estas construcciones abandonadas. E incluso hemos tenido también encuentros menos agradables con seres tan minúsculos como las pulgas. En cierto lugar, las encontramos tan ávidas de sangre y en tal cantidad que nos obligaron a salir huyendo y dejamos las fotos para mejor momento», señala Luis Miguel Ferrer.

 

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